Tiempos Modernos (relato de verano)

Allariz, Ourense, Galicia. Era 18 de agosto de 1986 cuando Luisa, una señora de 82 años, cocinaba con gran habilidad una rica empanada.

La luz del cielo empezaba a adquirir el característico color del atardecer de un caluroso día de verano, y su pelo canoso brillaba con el rítmico movimiento de sus experimentadas manos.

Trabajaba sobre la mesa de piedra de su huerta mientras su mascota, la tortuga Dartañán, rondaba perezosa a su lado.

Aquella mujer hacía una bola con la masa y la tiraba una y otra vez contra la mesa en hipnóticos movimientos, provocando que pequeñas gotas de harina salpicasen su hermoso rostro con cada impacto en la dura superficie.

Al otro lado, la tartera al fuego cocía lentamente el relleno hecho de carne, cebolla, pimientos y tomates que ella misma cultivaba, desprendiendo un cálido y apetecible aroma.

Sin perder la concentración, acercó la cuchara de madera a su boca para después volver a dejarla apoyada. De manera crítica saboreo el contenido. Tras unos instantes, mojó los labios con la punta de la lengua en su personal gesto de aprobación y añadió una pizca de sal.

El siguiente paso era estirar la masa sobre la misma mesa situada a la altura perfecta de su metro y medio de estatura. El balanceo era como un baile que hacía que los ojos azules de Luisa deslumbrasen bajo la luz crepuscular para el deleite del hipotético espectador.

Una vez preparada la base, colocó el relleno con la justa cantidad de salsa y lo tapó con la otra parte de la masa. Con sus pequeñas y arrugadas manos espolvoreadas de harina, construía ágilmente los perfectos y uniformes bordes. Con un tenedor los aplastaba para dar una forma estéticamente impecable que igualaría a los sabrosos ingredientes del relleno.

La última fase del proceso era poner la empanada en el horno con su correspondiente pala. Con extremo cuidado la colocó, añadió una pincelada de mantequilla y con un cuchillo hizo un pequeño corte en la superficie poniendo así el broche final.

Con sus delgados dedos programó el rústico horno al aire libre, y tras dejar la empanada se limpió las manos en el mandil y dio una palmada indicando que su trabajo estaba a punto de acabar.

El final de aquella antigua cinta de súper ocho,coincidió con el pitido de la Termomix, que avisaba que mi masa de empanada estaba lista.

Era el año 2013 y los tiempos habían cambiado, pero yo seguía agradeciendo que mi padre, escondido de la mirada de mi tía abuela materna, Luisa, hubiese grabado aquella escena, que hoy, a mis veintinueve años, adquiría más valor que un bonito recuerdo.

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