Sila, el gran dictador romano

Lucio Cornelio Sila Félix fue uno de los grandes generales y políticos en los últimos años de la República Romana, sus enfrentamientos con Cayo Mario y su dictadura prepararon el terreno para las guerras civiles que acabaron con la República.

Sila nació en Roma en el 138 a.c., en una familia aristocrática empobrecida. Se dedicó a llevar una vida disoluta entre artistas y libertos en las capas más bajas de la sociedad romana.

Pero su carisma y atractivo serían su gran baza. La muerte de su amante, una de las cortesanas más caras de Roma, unida a la de su madrastra, le aportaron dinero suficiente para empezar un tardío cursus honorum con unos 30 años.

En el año 107 a.c. fue elegido cuestor y fue enviado a Numidia, donde se desarrollaba la guerra contra Yugurta. Allí conoció a Cayo Mario, el que pronto se convertiría en el gran general de Roma.

Mario pronto pudo ver en Sila sus buenas dotes y su gran carisma. En una gran jugada, Sila convenció al suegro de Yugurta para que lo traicionara y en el 105 a.c. fue apresado por Sila.

La captura de Yugurta

Aunque el mando lo tenía Mario, y este ganó mucha popularidad, lo cierto es que se consideró a Sila el verdadero finalizador de la guerra. Esta situación creó ciertas rencillas entre los dos.

A pesar de todo, Sila siguió bajo las órdenes de Mario durante mucho tiempo. Cuando a Mario se le dio el mando de las legiones para luchar contra cimbrios y teutones tras la desastrosa Batalla de Arausio, Sila fue uno de sus tribunos militares, destacando de nuevo como gran militar, diplomático y organizador.

Fue elegido pretor en el año 94.Tras esto se marchó como gobernador a Cilicia. Allí realizó importantes labores diplomáticas con los reyes de Anatolia, cosa que le ayudaría en el futuro.

Una vez de regreso en Roma, en medio de la tensión entre optimates (conservadores) y populares, Sila fue acusado de corrupción por uno de los aliados de Mario, aunque salió bien parado judicialmente, tuvo que retirarse durante unos años de la vida política.

A partir de este momento, la guerra entre Sila y Mario sólo iría en aumento. Sila, como heredero de una familia antigua y aristocrática, era un optimate, la facción más conservadora que quería que el poder en el Senado sólo lo tuvieran las familias más ricas. En cambio Mario, homo novus, se convirtió en líder de los populares, la facción opuesta.

Busto de Sila conservado en la Gliptoteca de Múnich

El estallido de la Guerra Social contra los aliados itálicos, provocó no sólo la vuelta de Mario, retirado desde hacía unos años, sino que convirtió a Sila en una de las figuras más importantes de la República Romana.

Sila volvió a brillar militarmente como legado de Lucio Julio César (el abuelo de Marco Antonio), consiguiendo la máxima condecoración romana, la Corona Gramínea, honor que apenas una decena de hombres recibieron en toda la historia romana.

Gracias a esto, en el año 88 a.c. es elegido cónsul. En el este, Mitrídates VI de Ponto, rey que conocía de sus tiempos de gobernador, empezó a atacar la frontera con Roma. Sila es elegido para mandar un ejército contra él.

Pero Mario, usando triquiñuelas legales, le quitó el mando de las legiones para quedárselo él. Sila recibió la noticia en Campania, donde estaba atrincherado con sus legiones.

Sila ya había demostrado que no era un romano cualquiera, carismático como pocos, pensaba que la fortuna, de ahí su sobrenombre de Félix, le sonreía siempre. Así que no se amilanó y se negó a entregar su mando. Y en un giro de los acontecimientos que nadie en Roma esperaba, convenció a sus legionarios para marchar contra la mismísima Roma para reclamar lo que creía suyo.

Este hecho supuso un cambio total en las relaciones de los generales con Roma, a partir de este momento, todos los grandes generales usarían su poder militar para conseguir poder político, lo que desembocaría en las guerras civiles que acabaron con la República.

Sila atacó Roma con sus tropas, venciendo fácilmente a las de Mario, que se escapó a África. Después acabó con la oposición para marcharse a luchar contra Mitrídates.

11 Asia menor antes de que empezara la guerra contra Mitrídates

Mientras estaba en Grecia luchando contra Mitrídates VI de Pontro se enteró de los problemas que le esperaban en Roma. Mario y los suyos habían vuelto y tomado Roma, desencadenando un reino de terror contra sus partidarios.

Sila se tomó su tiempo para volver. Primero derrotó a Mitrídates en diversas batallas hasta logró la paz.

Durante esta época cogió sarna en uno de los numerosos asedios, que le deformó su, hasta ahora, magnífico semblante.

Después volvió a una Roma que le había condenado a muerte in absentia. Afortunadamente, su principal rival, Cayo Mario, había muerto de pronto a los 71 años.

Mientras se acercaba a Roma, las fuerzas de sus rivales populares se empezaron a diluir. Tras la victoria definitiva en Porta Colina en el 82 a.c., Sila entró en Roma como vencedor absoluto. Ahora el gobierno era suyo. Como respuesta a este enfrentamiento, Sila hizo matar a miles de sus enemigos.

Sila estuvo apoyado por los optimates, pero también por la nueva generación de líderes militares romanos, como Cneo Pompeyo Magno o Marco Licinio Craso. En contra, y que se libró de morir por muy poco, estaba un joven Julio César. Los tres no tardarían en encontrarse…

Obligó al Senado a nombrarlo Dictador, título en desuso desde hacía más de 100 años. Como dictador, Sila se dedicó a reformar y crear nuevas leyes para recuperar el poder del Senado sobre el pueblo.

Pero el gobierno de Sila se basaba en el terror. Inventó las proscripciones, una suerte de purga contra todo aquel que consideraba su enemigo, a los que se les expropió sus propiedades, que fueron compradas por Sila y sus aliados a precios bajísimos, mientras se legalizaba su asesinato por cualquier romano, cientos de romanos murieron así.

Las proscripciones de Sila por Silvestre David Mirys

Tras más represión y matanzas. Sila reformó las leyes para evitar que alguien más pudiera tomar el poder como él había hecho.

De forma repentina y sorpresiva, sobre el año 79 a.c. Sila renunció a la dictadura  y se marchó a su villa de Puetoli, en la Campania. Se dedicó a escribir sus memorias mientras disfrutaba de excesos y fiestas.

Sila murió en el 78 a.c., posiblemente de un cáncer intestinal, sin dar cuentas a nadie.

Sus legionarios veteranos lo llevaron al Campo de Marte, donde fue incinerado.

Su epitafio lo dice todo, dejó escrito que nadie le había ganado ni en hacer bien a sus amigos ni mal a sus enemigos.

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