Los Horacios, cuando el honor lo es todo

En la antigua Roma abundaban los mitos para explicar ciertos comportamientos o para enfatizar otros. La leyenda de los Horacios en una de ellas, donde se ensalzaba el patriotismo y el sacrificio por un bien mayor.

Según la leyenda, porque seguramente tenga poco de real, en una Roma aún monárquica, un conflicto entre esta y la ciudad de Alba Longa se quiso solucionar con un combate entre campeones.

Los hechos ocurrieron durante el reinado de Tulio Hostilio, tercer rey de Roma que gobernó del 673 al 641 a.c.

Tulio Hostilio era un rey belicoso, y pronto entró en conflicto con Alba Longa, ciudad vecina y muy vinculada con Roma.

Según la tradición, Alba Longa la había sido fundada por Ascanio, hijo de Eneas, uno de los héroes de la caída Troya, y descendiente de ellos era Rea Silvia, la madre de Rómulo y Remo, los fundadores de Roma.

Tulio Hostilio comenzó la guerra contra Alba Longa, pero esta estaba saliendo muy cara y las dos partes estaban perdiendo demasiados hombres, por lo que quedarían a merced de un enemigo común, los etruscos, por lo que se buscó una forma de solucionarlo. Esta no fue otra que un combate entre campeones de las dos ciudades, quien ganase el combate ganaría la guerra.

La victoria de Tulo Hostilio sobre las fuerzas de Veyes y Fidenas, de Giuseppe Cesari. Museo de Bellas Artes de Ruán.

El combate sería de tres contra tres, concretamente tres hermanos romanos contra tres hermanos de Alba Longa. Por parte de Roma lucharían los hermanos Horacios y por parte de Alba Longa los hermanos Curiacios.

Pero la tragedia era mayor que el hecho de perder una guerra en un combate individual, porque las dos familias estaban emparentadas. Uno de los hermanos Horacios estaba casado con Sabina Curiacio, hermana de sus contrincantes, con la que tenía hijos. Además, la hermana de los Horacios, Camila, estaba prometida con uno de los hermanos Curiacios.

El combate comenzó igualado, pero pronto los Horacios empezaron a verse superados por los Curiacios, mejores guerreros, hasta el punto de que mataron a dos de los Horacios, quedando sólo uno, Publio, para luchar contra los tres Curiacios, que habían quedado heridos en la lucha anterior.

Publio, viendo que luchar en semejante inferioridad era un suicidio, decidió escapar, con los tres hermanos persiguiéndolos, pero lo que parecía una huída deshonrosa era una treta de Publio.

El Juramento de los Horacios, de Jacques-Louis David (mi pintor favorito).
Museo del Louvre.

Sabiendo que sus tres perseguidores estaban heridos de diversa consideración, buscó cansarlos, y poco a poco, los tres hermanos empezaron a alejarse unos de los otros conforme perseguían al romano.

Llegado al momento, Publio se dio la vuelta y atacó al primero de los hermanos, el menos herido y el que más de cerca lo había perseguido, matándolo. Ante el estupor de sus enemigos, atacó al segundo de ellos, dándole muerte también. El tercero, que era el más herido, poco pudo hacer, y murió también a manos de Publio Horacio.

Con esta estratagema, Horacio había conseguido vengar la muerte de sus dos hermanos y llevar la victoria a Roma frente a Alba Longa.

Publio Horacio volvió a Roma como un héroe y la ciudad estalló en celebraciones. Pero había alguien que no tenía ánimos para celebrar nada, su propia hermana, Camila Horacio, que estaba desconsolada por la muerte de su prometido.

Su hermano, al verla llorar amargamente, entró en cólera, ya que prefería llorar por su amado que celebrar el triunfo de su hermano y el sacrificio de los otros dos y el triunfo de su patria. Publio, que consideró que su honor había sido mancillado, mató a puñaladas a su hermana, gritando que ninguna mujer romana debería llorar por los enemigos de la patria.

Horacio tras atravesar con la espada a su hermana, por Jean-François Lagrenée.
Museo de Bellas Artes de Ruán.

El último Horacio fue apresado y juzgado, pero el pueblo, que lo consideraba su héroe, le perdonó la condena a muerte porque comprendió que lo hizo por el honor de Roma, conmutando la pena por una multa y la construcción de una columna en el Esquilino, la Sororium Tigillum, una especie de yugo que usó para expiar su crimen. La familia Horacia usaría esta columna durante mucho tiempo para realizar ofrendas.

Aunque quizás a día de hoy sea algo difícil de entender, era muy propio del mundo romano, ese patriotismo exacerbado que estaba por encima del bien de sus propios ciudadanos, y esta historia era una forma de enseñar y promover estos estándares morales.

 

*Parte de la información del artículo fue sacada del libro: Caballos de Troya de la Historia, de Javier Sanz.

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