La mesa (relato de verano)

Aunque era mediados de junio, aquel domingo amaneció con lluvia en Galicia. Irene se negó a coger el paraguas para salir de casa, ya se taparía después con su carpeta para no mojarse el pelo.

En la calle pidió un café para llevar y llegó a su despacho con el tiempo justo de hacerse bien la coleta y retocarse el colorete. Quince minutos después llamaron a la puerta. La secretaria abrió y el portazo que oyó tras ella sonó a amenaza, haciendo presagiar sus peores temores.

Su cliente se acercó a la enorme mesa de madera inglesa, quizás un poco exagerada para aquella estancia. Había sido un regalo de sus padres cuando decidió abrir su propio despacho de abogada. Había comprado todos los muebles en tiendas económicas y los había montado ella misma, por eso le sorprendió el coche de mudanzas aparcado en la puerta hace ya dos años un día de febrero. La mesa era elegante y robusta y, aunque se asustó al ver aquellas dimensiones, en seguida vio que quedaba perfecta.

El sonido de las ruedas sobre el suelo le devolvió a la realidad. Don Ramón se acercó en la silla empujada por su estirado secretario. Con un gesto de prepotencia con la mano, el anciano indicó a su ayudante que se marchara, quedando así solos frente a frente, la abogada y el cliente.

  • ¿Y bien Don Ramón? ¿Ha tomado una decisión?- preguntó Irene.
  • Si. Voy a matarle esta noche. Arregle todos los papeles para defenderme, haga que parezca un accidente.- dijo el cliente sin titubear.
  • Pero Don Ramón, no me puede pedir eso. Va en contra de mi ética profesional y…

No le dió tiempo a terminar la frase. El hombre cayó muerto víctima de un infarto repentino, manchando de sangre la imponente mesa de madera.

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