La Batalla de Los Ángeles, cuando te pierden los nervios

El 24 de febrero de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, las baterías antiaéreas de la costa de California empezaron a disparar contra un enemigo que no estaba ahí.

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 y la posterior entrada de EEUU en la guerra, el miedo a un ataque a la costa oeste americana creció de forma desmesurada.

Por toda la costa de Alaska y California se sucedieron rumores de posibles ataques y de la llegada de submarinos que mantenía a la población en vilo y en más de una ocasión se llegaron a apagar las luces de una ciudad para evitar ataques aéreos.

En medio de la histeria generalizada, el gobierno contemplaba la posibilidad de un ataque japonés en suelo americano y colocó defensas antiaéreas y construyó búnkeres, lo que aumentó más el miedo de la población.

Batería de 6 pulgadas M1905 en el Parque Estatal Fort Columbia,, estado de Washington , típico de las baterías de 6 pulgadas de la Segunda Guerra Mundial. https://upload.wikimedia.org/wikipedia

En realidad, lo único que consiguieron los japoneses, demasiado lejos de sus bases de aprovisionamiento para conseguir un ataque efectivo, fue en los ataques en las Islas Aleutianas, demasiado alejadas también de EEUU para una buena defensa.

La tensión siguió en aumento por el miedo a un ataque. La gente reaccionó contra la población asiática por miedo a una quinta columna, y muchos fueron encerrados en campos de concentración.

El 23 de febrero se produjo el que sería el único ataque japonés en la Costa Oeste, un submarino disparó contra una refinería en Santa Bárbara, ocasionando daños ínfimos. Pero la prensa lo trató de forma desmedida, ayudando poco a que la gente mantuviese la calma.

Pero el 24 de febrero de 1942, la Oficina de Inteligencia Naval avisó de un posible e inminente ataque japonés.

En las primeras horas no pasó nada, y la alerta se desactivó sobre las 22:30. Pero a las 2:25 del ya 25 de febrero las alarmas antiaéreas empezaron a sonar y todos los militares de la zona fueron llamados a sus puestos mientras se ordenaba un apagón general en todo el Condado de Los Ángeles.

La tensión y la paranoia eran tan altas que sólo 45 minutos después alguien vio algo en el cielo nocturno y empezaron los disparos de las plataformas antiaéreas. Se estuvo disparando de manera errática hasta el alto el fuego de las 7:21, se habían usado 1400 proyectiles sin saber bien a qué se le estaba disparando.

Un vehículo con marcas de proyectiles tras la noche de disparos, de Los Angeles Times

Por la mañana quedó claro que no había enemigo ninguno, pero los locales sufrieron las consecuencias de un bombardeo masivo, hubo daños materiales y 5 personas murieron, 3 en accidentes de tráfico al estar más atentos al cielo que a la carretera y 2 por infartos.

Ahora había que averiguar qué había pasado.

Ese mismo día el Secretario de Defensa, Frank Knox, dio una rueda de prensa dónde achacó el inicio de los disparos a nervios de guerra y más tarde, el general George C. Marshall les echó la culpa a los espías enemigos.

Por su parte, el Departamento de Guerra, a pesar de que al principio no dieron credibilidad a la mayoría de los informes de esa noche, publicó unos días después su conclusión de que creían que de 1 a 5 aeronaves habían violado el espacio aéreo para tomar fotos o simplemente para desestabilizar la zona.

La prensa fue muy crítica con el ejército y la Marina, tanto por no ponerse de acuerdo con el motivo cómo por el pobre manejo de toda la situación.

Portada de Los Angeles Times

El congresista californiano Leland Ford exigió una investigación para esclarecer lo sucedido.

Japón, al acabar la guerra, confirmó que sus aparatos jamás llegaron a sobrevolar California, lo que hizo aumentar más la especulación sobre lo que había pasado.

Hubo que esperar a 1983 para que alguien diese una respuesta a lo ocurrido. La Oficina de Historia de la Fuerza Aérea de los EEUU llegó a la conclusión que todo fue derivado de un exceso de celo del ejército ante el temor de un ataque japonés.

El día 23, tras el ataque del submarino, la Inteligencia Naval emitió un comunicado en el que presuponía un ataque en las próximas 10 horas, aunque en realidad no había información veraz sobre él.

El 25 de madrugada, tras la alerta del día anterior, se detectó un objeto no identificado en el mar frente a la costa y fue ahí cuando se reactivó la alarma.

A partir de ese momento estalló la paranoia y empezaron a aparecer distintos avisos de aviones enemigos por todos lados.

Al poco tiempo, las baterías empezaron a disparar y ya el caos fue completo.

Lo más probable es que después del primer disparo los avistamientos, de todo tipo y tamaño, fueran una mezcla de alucinación colectiva por las luces y destellos de las propias explosiones, lo que provocó más disparos y más avisos y avistamientos y más disparos tras eso.

Aun así, quedaba por saber que era aquella primera señal que desencadenó todo. Hoy en día se cree que no era otra cosa que un globo meteorológico que orbitaba cerca de la costa que fue detectado por el radar, y que el nerviosismo imperante, incluso dentro del propio ejército, provocó que no se tomasen las decisiones con frialdad y raciocinio.

También hubo teorías conspiranoicas sobre ovnis, algo inevitable en un incidente así, pero que siempre carecieron de cualquier evidencia.

Y esta es la historia de la Batalla de Los Ángeles, la batalla que nunca fue por culpa del nerviosismo y la paranoia.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest

Scroll Up