Enrique el Pajarero, el primer rey alemán

Enrique I fue el primer rey sajón de Francia Oriental, un gran rey y guerrero que luchó toda su vida para mantener y acrecentar su reino. Tan bien lo hizo que él es el germen del Sacro Imperio Romano Germánico.

Enrique nació en el 876, hijo del duque de Sajonia Otón I el Ilustre. El ducado de Sajonia era uno de los estados más importantes dentro del reino Francia Oriental, la división del antiguo Imperio carolingio, y que terminaría siendo Alemania.

División del Imperio Carolingio establecido en Verdún en 843. En Rojo Francia Occidental, en verde Lotaringia y en amarillo Francia Oriental. https://commons.wikimedia.org/

Francia Oriental atravesaba una grave crisis, cosa que aprovechó Otón I para fortalecer sus dominios. A su muerte, en el 912, Enrique heredó un ducado fuerte capaz de luchar contra sus vecinos, sobre todo el también poderoso Ducado de Franconia.

Un año antes había muerto el último rey carolingio de Francia Oriental, Luis el niño, y los nobles eligieron a Conrado I de Franconia como nuevo rey, el primero no carolingio.

A pesar de ser rey, eso no le evitó los ataques constantes de Enrique para tomar tierras en la frontera entre ambos condados. Aún así, Conrado, herido en batalla, propuso a Enrique como su sucesor, ya que el reino estaba en constante guerra y creía que sólo él podía pacificarlo.

En el 918 Conrado I murió por sus heridas y gran parte de los nobles decidieron apoyar su preferencia y nombrar a Enrique rey. El sobrenombre del Pajarero vendría porque se encontraba cazando pájaros cuando los nobles lo encontraron para darle la noticia.

A Enrique el Pajarero se le ofrece la corona mientras atrapaba pájaros, de Hermann Vogel. https://commons.wikimedia.org/

Enrique se convirtió en el primer rey 100% sajón, alejando a Francia Oriental del mundo carolingio que la había regido los últimos 100 años.

Pero no todos los duques del reino aceptaron el nombramiento de Enrique. El más poderoso de ellos, Arnulfo II de Baviera, fue un hueso duro de roer. Baviera era un territorio enorme y casi independiente, hasta el punto de que Arnulfo se hizo coronar rey en el 919, ya que no aceptaba la decisión de los otros duques.

Arnulfo tenía unos poderosos aliados, las tribus nómadas magiares o húngaras, que lanzaban numerosas incursiones de saqueo a los reinos vecinos. Arnulfo permitió a los magiares que atravesaran su territorio para atacar a sus enemigos.

Enrique se enfrentó a los terribles magiares en la Batalla de Püchen, en el verano del 921, pero los húngaros, expertos jinetes y arqueros, destrozaron al ejército alemán, incluso Enrique estuvo a punto de morir en batalla. Tras esto, Enrique no tuvo más remedio que dejar que los magiares camparan a sus anchas y continuaran sus incursiones tanto por Francia Oriental como Occidental e incluso Italia durante muchos más años.

Pero aún así, Enrique consiguió derrotar a Arnulfo ya que en el 921 había decidido capitular y reconocer a Enrique como rey y jurarle lealtad, gracias a esto conservó su título ducal y sus posesiones.

Ese mismo año, el 921 estalló una guerra civil en Francia occidental y Enrique la aprovechó para invadir el Ducado de Lotaringia, que hacía frontera entre los dos reinos. Aunque le costó mantenerla y pacificarla, para el 928  ya estaba integrada en el reino como el quinto gran ducado tras Sajonia, Franconia, Suabia y Baviera.

Imagen de Enrique I en la crónica imperial anónima del emperador Enrique V. https://commons.wikimedia.org/

Los magiares siguieron siendo un problema, pero Enrique y sus contemporáneos aprendieron de sus derrotas y empezaron a ganar batallas contra ellos. Gracias a eso, en el 924 pudo pactar una tregua a cambio de pagar un tributo para que se retiraran, mientras mejoró sus defensas y preparó un nuevo y mejor cuerpo de caballería pesada.

Enrique era un rey guerrero y como tal no podía estarse quieto mucho tiempo. Tras tener asegurada la paz con los húngaros marchó contra los eslavos polacos que presionaban en su frontera oriental.

Tomó Brandeburgo en el 928 y derrotó al Duque de Bohemia, al que hizo pagarle tributo. También derroto al resto de pueblos eslavos a su alrededor, asegurando sus fronteras y sus tributos. Como parte de sus planes de pacificación, permitió la evangelización de estas zonas, aún paganas, para incorporarlas al mundo cristiano.

Ahora que se vio fuerte, Enrique decidió dejar de pagar el tributo a los magiares y reanudar la guerra contra ellos. Pero él y los suyos habían aprendido mucho durante la tregua.

En el 933, en la Batalla de Riade, Enrique consiguió una gran victoria lanzando a su potente caballería pesada contra los jinetes ligeros y acabando con ellos. Los magiares no volverían a molestar durante bastante tiempo.

Enrique I luchando contra los magiares, miniatura de La Crónica del mundo sajón. https://commons.wikimedia.org/

Ahora sólo quedaba por pacificar la frontera norte y allí marchó Enrique en el 934, arrebatando a los daneses territorios y pacificando la zona.

Enrique murió en el 936 dejando un reino fuerte y un legado poderoso, creando la Dinastía Otoniana, que gobernaría hasta el 1024.

Tanto es así que su hijo y sucesor, Otón I el Grande, no solo heredó su reino, sino que unos años más tarde pudo reclamar la corona imperial de los antiguos carolingios y comenzar el largo recorrido del Sacro Imperio Romano Germánico.

Pero su legado no sólo se queda en Alemania, su hija mayor, Hedwige, se casó con el poderoso duque Hugo el Grande y fue la madre de Hugo Capeto, el creador de la Casa Capeto, que tantos reyes daría a Europa.

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